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Cibereconomía sumergida

Wall Street jae

Internet es la Red de redes. Cuando algún guru habla de ella se le llena tanto la boca que ya parece no sólo que se trata de algo totalmente homogéneo, sino que es un monstruo que acabará engullendo toda realidad que conocemos para moldearla a su forma de hacer y a sus muchos límites.

Sin embargo, Internet no es si quiera una única realidad. Aunque prácticamente todos nos dediquemos a las mismas tareas de visitar redes sociales, enviar mail y ver vídeos chorra en Youtube, Internet es una plataforma multicapa que cuenta con una infinidad de niveles y de matices. No se trata de que existen ya tantos servicios virtuales que sea imposible conocerlos todos como para tener una foto global, se trata de que aunque conociesemos todo habría muchos niveles a los que no podríamos acceder. Son como aquellos inóspitos lugares que Matrix utilizaba para reciclar, pero menos vistosos.

En muchas ocasiones estos espacios por una u otra razón han ido desapareciendo del mapa visible de Internet, algunas veces por interés propio otras por mera marginación. No hablo sólo de grupos de hackers. Siguen existiendo jugadores de MUDs, usuarios de Usenet, listas de correo colaborativas, fansubs, el intercambio de archivos por ftp o el irc, entre muchas otras (y no soy experto). Infinitas cantidades de información e interrelaciones que hemos creado durante años y que siguen creciendo segundo a segundo y que no vamos a encontrar en Google, ni se tiene ningún interés en ello.

Pero aunque uno sea consciente de esto, que es una obviedad más que otra cosa, me ha resultado curioso descubrir cómo ha avanzado el mercado negro de Internet. Gracias al Libro Blanco 2009. ‘La economía sumergida’, cuya información recoge en parte el último número de @rroba, me entero de algunas cosas que ya sabía: la existencia de hostings blindados principalmente en paises como Rusia y su entorno en los que es fácil albergar material pedófilo o utilizarlo como puente para recabar información sin ser identificados, o lo atractivos que son nuestros datos personales para que terceros puedan ocultar su propia identidad. Ambos, mercados muy florecientes. Pero hay algunas cosas que recoge el informe que seguramente no sean tan visibles.

Los ciberdelitos superan al tráfico de drogas ilegales como actividad criminal para obtener beneficios económicos, según el US Department of Treasury. Cada tres minutos y medio se comete un delito en las calles de la ciudad de Nueva York y cada dos minutos en las de Tokio, pero cada tres segundos alguien se apodera de la identidad de un usuario en la Red.

Esos hackers inmaduros que se divertían poniendo la actividad de grandes corporaciones patasarriba en sus momentos de aburrimiento, han pasado en gran medida a constituir bandas con estructuras profesionales cuya actividad gira en torno al dinero. No digo que sean las mismas personas o que el hacking educativo no exista, pero el foco principal de actividad se ha capitalizado. Llamémoslos con el nombre que queramos..

dow  jones

Alguno de los datos que recoge el Libro Blanco son bastante reveladores:

- Un ataque de Denegación de Servicio cuesta entre 10 y 40 euros la hora.
- Un millón de correos basura a cuentas de cierta segmentación está a precio de mercado entre los 300 y 800 euros.
- Tarjetas de crédito entre 2 y 300 euros. Algunos vendedores, los más caros, te aseguran que en las cuentas que te venden hay más de 2.000 euros.
- Documentos de identidad o carnets de conducir falsos entre los 50 y los 2.500 euros según la calidad.
- Bases de datos con información personal entre 10 y 250 euros segun lo específico y tamaño.
- Cuentas de PayPal entre 1 y 25 euros.

Las garantías de estos foros privados son a veces mejores que los de la charcutería de la esquina. En algunos casos te devuelven el dinero si la información que te han vendido ya no funciona. Algunos se ofrecen a realizar transferencias desde la cuenta robada a donde les digas por un interesante plus.

Los bienes tangibles normalmente suelen llegar a personas que por ciertos incentivos se ofrecen como receptores y se hacen los locos en el caso de que la Policía se presente por allí o a códigos postales correspondientes a casas vacías que se utilizan como house drops. Un poco como en las películas, pero as real as life.

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